EL CIELO
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El sol en el Cielo
116. En el cielo
no aparece el sol del mundo ni cosa alguna (derivada) de este sol,
porque todo esto es material, siendo así que la naturaleza empieza por
este sol, y todo cuanto es producido por medio del mismo se llama
natural; por otra parte, lo espiritual, en lo cual se halla el cielo, es
superior a la naturaleza y completamente distinto de lo natural; tampoco
hay entre ellos comunicación salvo por medio de correspondencias. Cual y
como es la distinción se puede comprender por lo que en él (n. 38) se ha
dicho del sujeto de los grados, y cual es la comunicación, por lo que en
los dos precedentes artículos se ha dicho acerca de las
correspondencias.
117.
Pero por más que en el cielo no aparezca el sol del mundo ni cosa
alguna que de este sol viene, hay sin embargo allí un sol, hay luz y hay
calor; hay cuantas cosas existen en el mundo é innumerables cosas más,
aunque no de igual origen, viendo que las que hay en el cielo son
espirituales, y las que hay en el mundo son naturales. El sol del cielo
es el Señor; la luz allí es la Divina verdad, y el calor allí es el
Divino bien, que proceden del Señor como sol. De este origen son todas
las cosas que existen y aparecen en el cielo. Pero acerca de la luz y
del calor y de las cosas que mediante ellos existen en el cielo, se
hablará en los artículos que siguen; aquí solamente del sol allí. La
razón por la cual el Señor aparece en el cielo como un sol es que Él es
el Divino amor, por virtud del cual existen todas las cosas
espirituales, como mediante el sol natural todas las cosas naturales.
Aquel amor es lo que brilla como el sol.
118.
Que efectivamente el Señor aparece en el cielo como un sol, no
tan solo me lo han dicho los ángeles, sino que también me ha sido dado
ver algunas veces; por lo cual referiré aquí en pocas palabras lo que he
oído y visto con respecto al Señor como sol. El Señor aparece como un
sol, no en el cielo, sino en lo alto por encima de los cielos; no por
encima de la cabeza, o en el zenit, sino delante del rostro de los
ángeles, a una altura media; aparece en dos lugares; en uno por delante
del ojo derecho, en otro por delante del ojo izquierdo, a una notable
distancia. Por delante del ojo derecho aparece exactamente como un sol
de igual fuego, por así decir, y de igual magnitud que el sol del mundo.
Por delante del ojo izquierdo, por otra parte, no aparece como un sol,
sino como una luna, de igual reluciente claridad, pero más
resplandeciente, y de igual magnitud que la luna de la tierra; pero
aquella aparece rodeada de varias lunas diminutas, por decirlo así, cada
una de las cuales reluce y resplandece. Que el Señor aparece en dos
lugares, de diferente aspecto, es porque aparece a cada uno según la
cualidad de su recibimiento del Señor, y por lo tanto de cierta manera a
aquellos que reciben a Él en el bien del amor, y de otra manera a los
que reciben a Él en el bien de la fe; a aquellos que reciben a Él en el
bien del amor aparece como un sol, ardiente y fulguroso según el
recibimiento; estos están en su Reino Celestial; pero a los que reciben
a Él en el bien de la fe aparece como una luna, reluciente y
resplandeciente según el recibimiento; estos están en su reino
espiritual. La causa es que el bien del amor corresponde al fuego; por
esto, fuego, en sentido espiritual, es amor, y el bien de la fe
corresponde a la luz, y luz, igualmente, en sentido espiritual, es fe.
La razón porque aparece delante de los ojos es que las cosas interiores,
que son de la mente, ven por los ojos; las del bien del amor por el ojo
derecho y las del bien de la fe por el ojo izquierdo; por qué todas las
cosas que están en la parte derecha del ángel, y asimismo del hombre,
corresponden al bien, del cual procede la verdad, y las que están a la
parte izquierda, a la verdad, que procede del bien. El bien de la fe es
en su esencia la verdad del bien.
119. Por esto es
que en el Verbo se compara al Señor con el sol con respecto al amor, y
con la luna con respecto a la fe; por eso es también que por sol se
significa amor al Señor (procedente) del Señor, y por luna, fe del Señor
en el Señor, como en los siguientes lugares:
Y la luz de la
luna será como la luz del sol; y la luz del sol será siete veces mayor,
como la luz de siete días (Isaías 30: 26).
Y cuando te habré
extinguido, cubriré los cielos y haré oscurecer las estrellas; el sol
cubriré con nublado y la luna no hará resplandecer su luz; todas las
lumbreras de luz en los cielos haré entenebrecer encima de ti y pondré
tinieblas sobre tu tierra (Ezequiel 32. 7, 8).
El sol se
oscurecerá en naciendo, y la luna no dará su resplandor (Isaías 13: 10).
El sol y la luna
se oscurecerán y las estrellas retraerán su resplandor el sol se tornará
en tinieblas y la luna en sangre (Joel 2: 2, 10, 31; 3; 15).
El sol se puso
negro como un saco de cilicio y la luna se puso toda como sangre y las
estrellas cayeron sobre la tierra (Apocalipsis 6: 12, 13).
Y luego después
de la aflicción de aquellos días el sol se oscurecerá y la luna no dará
su lumbre y las estrellas caerán del cielo (Mateo 24: 29).
Y en otros
lugares. En estos pasajes por el sol se significa el amor, por la luna
la fe, y por las estrellas los conocimientos del bien y de la verdad; de
los cuales se dice, que se entenebrecen, pierden la luz, y caen del
cielo, cuando cesan de existir; que el Señor aparece como un sol en el
cielo es claro también por Su transfiguración delante de Pedro, Jacobo y
Juan,
Que Su rostro
resplandeció como el sol (Mateo 17: 2).
Así apareció el
Señor a estos discípulos, apartados del cuerpo y en la luz del cielo.
Era por esta causa que los antiguos, entre quienes la iglesia era
representativa, al celebrar culto Divino, volvían los rostros hacia el
sol en oriente. Por ellos vino la costumbre de edificar los templos con
vista hacia el oriente.
120. La cantidad
y cualidad del Divino amor puede constar por una comparación con el sol
del mundo, es decir que es sobremanera ardiente, y si lo queréis creer,
muchísimo más ardiente (que este sol); por cuya razón el Señor como sol
no influye directamente en los cielos, sino que el ardor de Su amor es
gradualmente moderado durante su descenso. La moderación se manifiesta
en forma de radiantes círculos alrededor del sol, y además los ángeles
se hallan convenientemente envueltos en una ligera nube para no sufrir
perjuicio por el influjo; por la misma razón los cielos se hallan a
distancias según el recibimiento; los cielos superiores, puesto que
están en el bien del amor, se hallan mas próximos al Señor como sol; por
otra parte, los cielos inferiores, que están en el bien de la fe, se
hallan más remotos; mientras que los que no están en bien alguno, como
aquellos que están en el infierno, se hallan inmensamente remotos, y
allí tanto más remotos cuanto más se hallan en oposición al bien.
121. Pero cuando
el Señor aparece en el cielo, lo que acontece a menudo, no aparece
rodeado del sol, sino en forma de ángel, distinguiéndose de los ángeles
por lo Divino que trasluce por el rostro; no está allí en persona;
porque el Señor en persona se halla siempre rodeado del sol, pero está
presente por vista, porque en el cielo es común el aparecer presente en
el lugar en que se fija la vista, o sea en donde termina, aunque este
punto esté muy distante del lugar en que efectivamente se halla. Esta
presencia se llama presencia por vista interior, de la cual se tratará
más adelante. El Señor ha aparecido también a mí fuera del sol en forma
de ángel, un poco por debajo del sol en lo alto, y también cerca de mí
en la misma forma con rostro radiante, una vez también en medio de los
ángeles como flamante aureola.
122. El sol del
mundo aparece a los ángeles comió una cosa tenebrosa, intensamente
negra, directamente opuesta al sol del cielo; y la luna como una cosa
oscura directamente opuesta a la luna del cielo, y esto continuamente.
La causa es que el fuego del mundo corresponde al amor a sí mismo, y la
luz del mismo a la falsedad de este amor, siendo el amor a sí mismo
directamente opuesto al amor Divino, y la falsedad que viene de ese amor
es directamente opuesta a la Divina verdad; y lo que es opuesto al
Divino amor y a la Divina verdad es negro para los ángeles. Esta es la
razón por la cual, por adorar el sol del mundo y la luna, e
inclinarse ante ellos, se significa en el Verbo amarse a sí mismo, y la
mentira que procede del amor a sí mismo y que serán exterminados los que
así hacen (Deuteronomio 4:19; 17: 3-5; Jeremías
8:1, 2; Ezequiel 8: 15, 16, 18;
Apocalipsis 16: 8; Mateo 13: 6).
123. Siendo así
que el Señor aparece en el cielo como un sol, a causa del Divino amor
que mora en Él y que procede de Él, se vuelven por ello continuamente
hacia El todos los que están en el cielo; los que están en el reino
celestial hacia Él como un sol, los que están en el reino espiritual
hacia Él como una luna; pero aquellos que están en el infierno se
vuelven hacia el punto tenebroso y el punto oscuro, que se hallan
opuestos, de consiguiente en dirección opuesta al Señor, por la causa de
que todos los que están en el infierno se hallan en amor a sí mismo y al
mundo, es decir opuestos al Señor. Los que se vuelven hacia el punto
tenebroso, que está en lugar del sol del mundo, se hallan en la región
posterior del infierno y se llaman genios, pero los que se vuelven hacia
el punto oscuro, que está en lugar de la luna, se hallan en la región
anterior de los infiernos, y se llaman espíritus; es por esto que se
dice de los que están en los infiernos, que están en las tinieblas, y de
los que están en el cielo, que están en la luz; tinieblas significan la
mentira que viene del mal, y luz, la verdad que procede del bien. La
causa de que así se vuelven es que en la otra vida todos miran hacia
aquello que reina en su interior, por consiguiente hacia sus amores;
también es porque las cosas interiores forman los rostros de los ángeles
y de los espíritus y que en el mundo espiritual no hay puntos
cardinales, determinados como en el mundo, sino que son determinados por
el rostro. El hombre, en cuanto a su espíritu, se vuelve igualmente así;
en dirección opuesta al Señor si está en amor a sí mismo y al mundo, y
hacia el Señor si está en amor a Él y al prójimo; pero el hombre ignora
esto, porque se halla en el mundo natural, donde los puntos cardinales
son determinados por la salida y la puesta del sol; pero viendo que el
hombre puede difícilmente comprender esto, se explicará más adelante,
donde se tratará de los puntos cardinales, de espacio y de tiempo en el
cielo.
124. Por ser el
Señor el sol del cielo, y por mirar hacia Él todo cuanto es de Él, es
también el centro común, del cual viene toda dirección y determinación;
y por esto se halla asimismo en presencia Suya y bajo Su auspicio, todo
cuanto hay por debajo, tanto en los cielos cuanto en la tierra.
125. Por lo aquí expuesto puede verse en una luz más clara, lo que en los anteriores artículos se ha dicho y manifestado, es decir: que el Señor es el Dios del cielo (n. 2-6); que Su Divino hace el cielo (n. 7-12); que lo Divino del Señor en el cielo es amor a Él y amor al prójimo (n. 13-19); que hay correspondencia de todas las cosas en el mundo con todas las cosas en el cielo y por conducto del cielo con el Señor (n. 87-115); y que el sol del mundo y la luna corresponden (n. 105).
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